Una noche en el teatro

Había apuntado la fecha en el calendario con meses de antelación. No quería que se me pasase por nada del mundo. Mira que si me quedaba sin entradas. No había leído el libro. Había oído hablar de la obra y había visto algún fragmento en la tele. Poco más. Pero, por lo que fuese, siempre me había llamado la atención. ¿Sería por el título? El jardín de los cerezos… De vez en cuando miraba por internet cuántas butacas quedaban. Por si acaso. También vi la versión que hicieron de la obra en Tve hace 40 años , en Estudio 1. Sabía que la versión que traían a nuestra ciudad era una versión libre y nunca está de más ver varias versiones de la misma obra. Jo, qué buenos actores.

Pasaban las semanas y la fecha de la función se acercaba. Yo estaba tan emocionada, que había logrando convencer a unos amigos (uno de ellos ni siquiera habla sueco) para que nos acompañasen. Pensándolo bien, no sé quién estaba más emocionada, si mi hija o yo. Mi marido, estaba contento de vernos tan contentas a las dos.

¿Me quedaría sin butacas después de haber arrastrado a 4 personas más y de haberles dado la lata durante meses con la dichosa obra de teatro?

Pues no, no nos quedamos sin entradas, ni mucho menos. Las compramos en el momento, porque sólo cuatro gatos habían reservado online. Y, si les daba por suspender la función por falta de público. Yo qué sé… Pero no, el señor de la taquilla me tranquilizó. Habría función de todas, todas.

Me encontré con un par de colegas. Una de ellas, de lengua materna rusa, estaba allí más por curiosidad que por otra cosa. Le habían obligado a leer a Chéjov en su juventud y le había parecido de lo más aburrido. La otra, había quedado maravillada con la escenografía. A mi hija le encantó el trabajo de los actores. La miraba y casi creía adivinar qué se le estaba pasando por la cabeza:Cómo serían los ensayos, cómo sería el día a día de los actores…

Por mi parte, yo estaba en el séptimo cielo. Cuál era la fórmula mágica de los escritores en general, para lograr escribir algo tan bueno que pueda sobrevivir al tiempo, a la historia…Algo que te haga reflexionar de esa manera sobre la vida, sobre tu vida…

Tengo que reconocer que odio leer traducciones de libros. Pero, en ese momento, pensé: qué suerte que haya buenos traductores literarios. Si no, me hubiese perdido a Chéjov y a tantos otros.

Y me daba muchísima rabia que no hubiese más espectadores. Pero la ciudad es pequeña y había otros espectáculos para elegir. Por suerte, la compañía es regional y recibe subvenciones públicas (me imagino), así que seguirán viniendo.

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