El lavaplatos

No sé exactamente cuántos años tenía el lavavajillas. En cualquier caso, más de 13 y menos de 15. Llevaba mucho tiempo funcionando mal. Pero estábamos empeñados en hacerlo aguantar. Lucha contra la obsolescencia programada, cabezonería … Un poco de todo. ¿Cuántas veces la reparó mi marido? He perdido la cuenta.

Hace tres domingos, el lavavajillas volvió a estropearse. Nos faltó tiempo para encargar uno nuevo en una tienda online. No sé por qué lo hicimos. ¿Por qué tanta prisa? Normalmente vamos a la tienda más cercana.

Y claro, nuestra traición al comercio de proximidad no podía quedar impune…

En teoría, el lavavajillas tardaría entre 3 y 5 días en llegar. Sin embargo, se le perdió la pista en un almacén a las afueras de Estocolmo y nunca más se supo. Enviaron otro desde una filial de Dinamarca. Volvieron a darnos un código para poder localizar el paquete. Para nuestra sorpresa, a los pocos días, el lavavajillas había llegado a su destino, en una ciudad a 1000 km de aquí.

Entre llamada y llamada al servio de atención al cliente, los niños aprendieron a fregar y a secar los platos como mandan los cánones. Creo que les hacía gracia eso de fregar los platos como antiguamente. Nosotros, bromeábamos y comentábamos que, fregar la vajilla es lo más parecido a una sesión de mindfulness.

Los días pasaban. La empresa nos prometió una compensación que aún no hemos visto. Estábamos a punto de dar el lavavajillas por perdido, cuando nos comunicaron que estaba en camino. Ayer llegó.

 

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Agujas

Unas diez agujas bastan para olvidarse del mundo. Por media hora. El dolor, los problemas, el estrés no existen. Como una burbuja. Como anestesia. Diez, nueve, ocho, siete, seis… Paz.

Que se le pase la hora, que me deje media hora más…

Te quitan las agujas y, te levantas como si te hubieses echado la siesta de tu vida.

Me quedan dos sesiones. Qué pena. Cómo no se me ocurriría  antes esto de la acupuntura. Aunque, tampoco ha sido mala idea el ir en pleno final de curso.

 

 

 

Sol de tarde

Era miércoles por la noche. En fin, todo lo de noche que se puede estar en mayo, a las 21h 30. Estaba a punto de irme a la cama, muerta de sueño y con trancazo. Los perros empezaron a ladrar. Qué inoportunos. Por la ventana no se veía nada. Eso es lo bueno y lo malo de estar rodeados de bosque. Que no se ve nada. Además, estos perros ladran por cualquier cosa . Sería alguien paseando al perro. O un alce de camino al lago. O unos corzos. O un oso. O un runner. Los segundos pasaban y los perros no se callaban.  ¿Habrá sucedido algo?… Mi marido salió a echar un vistazo.

No, no era un runner. Allá, en el camino, vi a una mujer con pintas de senderista. Contenta y descansada como si fuesen las 8 de la mañana. Hay gente pa’todo, pensé.

Por supuesto, tampoco era una senderista. Era una ingeniera forestal. Estaba marcando árboles porque, a partir de la semana que viene, vendrán las máquinas y talarán el bosque que está delante de casa, en la cara oeste. Los vecinos han tenido la deferencia de pedir a la empresa que deje en pie algunos árboles junto al camino, para que  las vistas desde nuestra casa sean más agradables. ¡Gracias! Todo un detalle.

Dentro de nada, tendremos sol de tarde en casa. Y podremos disfrutar de las puestas de sol y en invierno, de las auroras boreales. Según mi marido, también notaremos más el viento… ¿Qué viento? bosque_oeste.JPG

 

El pan nuestro

Nos hacía mucha ilusión aprender a hacer pan. Sin embargo, hasta ahora no habíamos tenido la oportunidad. Normalmente, se aprende de las madres, de las abuelas. Las recetas familiares de tunnbröd, hällakaka, blodbröd pasan de generación en generación. Casi, casi como secreto de estado. En nuestra casa, como en muchas otras, hay un horno de pan.

El cursillo lo hacemos en el horno del pueblo. El horno está en el sótano de una casa. Se alquila por días, a un precio muy asequible, a través de la asociación de vecinos. Las familias hornean pan para varios meses y luego lo congelan.

Hasta ahora hemos tenido cursillo dos días. Somos 6 alumnos. Dos mujeres y cuatro hombres. Yo soy la más joven.  Hemos aprendido a hacer tunnbröd con y sin especias. Para mí que, el resto de alumnos, había hecho pan muchas veces. Y no sólo en las clases de cocina del colegio, que son obligatorias de los 9 a los 16 años.

Hacer pan sueco parece fácil, pero no lo es. Tienes que estar concentrado. Hay que amasarlo con un rodillo especial hasta dejar la masa fina, casi como papel de fumar. El pan está en el horno apenas unos segundos. Como te despistes, malo. Ríete tú del mindfulness.

 

 

Tradiciones que no se pierden

Febrero. Sábado por la noche. Son las ocho. La familia reunida, viendo cómo eligen la canción que representará a Suecia en Eurovisión. Un año más… Hoy es el tercer sábado de eliminatorias. A los niños y a mi marido, como al resto del país, les encanta todo lo que tiene que ver con Eurovisión. De febrero a mayo. Y a mí, me gusta verlos así, contentos. Sigo sin descubrir qué es eso que los hipnotiza. Año tras año.

En la pantalla veo muchas caras conocidas. Jóvenes, menos jóvenes. Todos con mucha ilusión. Artistas que se han presentado varias veces. Muchas veces. Vuelven a participar, tanto si han ganado como si han perdido. Más moral que el Alcoyano.Y si no, se presenta algún hijo, sobrino o ex pareja.  También repiten los autores de canciones. Uno de ellos, con pelo rubio, larguísimo, parece salido de una película de Harry Potter. Algún súper poder tiene que tener. Como mínimo, el de escribir canciones como churros. En alguna ocasión ha llegado a presentarse con  varias canciones en Suecia y en otros dos o tres países a la vez en la final de Eurovisión. El mismo año.

El programa aún no ha acabado. Están en las votaciones. Sorpresa: Mis hijos han desaparecido. Qué raro. Con lo que les gustaba…

 

 

 

Shopping

Ir de compras y llegar antes de que abran las tiendas. Los minutos se hacen eternos. Será la falta de costumbre. Vas a tomar un café, para hacer tiempo. Mala suerte. También está cerrado. Casi todo abre a las diez. Pero el día está soleado, no hace nada de frío, apenas queda hielo en las calles (hay calefacción en la zona peatonal) y se ve el mar a lo lejos. De postal. Hay gente paseando. Jóvenes que van o vienen del instituto. Habrán cancelado alguna clase. Se ven pocos gorros, pocos guantes. Parece que sea primavera.

Para cuando te das cuenta, hace rato que dieron las diez. Ya no te apetece ir de compras, sólo disfrutar del día. Con calma. Pero, más vale empezar la ronda de tiendas. Si no, habrá que volver a la ciudad otro día por la tarde. Horror. Ir a la ciudad después del trabajo es una carrera de velocidad. Porque las tiendas cierran a las seis y no da tiempo de nada. Ni siquiera de pararse a hablar con los vecinos que, mira tú por dónde, no has visto en todo el invierno, a pesar de vivir sólo a un par de kilómetros de casa. Todos vamos con prisa y con una lista. Como la lista que llevaban los colonos en las pelis del oeste, cada vez que iban a la ciudad.

 

Que no nos falte el agua.

Leo en el periódico que, este verano, puede haber problemas en el suministro de agua en gran parte del país. Una de las zonas más afectadas puede ser nuestro municipio.  Las reservas de agua están bastante bajas. Ha nevado poco.

Me han venido a la memoria imágenes de los veranos mi infancia.  Los pregones del ayuntamiento, diciendo que cerrarían el agua de tal hora a tal hora. Recuerdo cómo llenábamos los cubos, la bañera. Recuerdo los telediarios con reportajes sobre camiones cisterna.

Le pregunto a mi marido si la cosa es para preocuparse. No lo veo muy preocupado, la verdad. Me mira con esa cara tan sueca de no entiendo nada. Me quedo más tranquila.

En la mayoría de las aldeas (y nosotros vivimos en una) el agua viene de pozos. Los vecinos tienen una asociación desde tiempos de los bisabuelos. La “asociación del agua” de la aldea se ocupa de todo, sin apoyo del ayuntamiento. Se paga una cuota anual, se convocan reuniones a lo largo del año. Se elige una junta. A veces hay que reparar la bomba de agua, cambiarla o localizar y arreglar un escape en medio de la nada, en unos 4 kms cuadrados.  Normalmente se suelen apañar, pero alguna vez han tenido que llamar a un fontanero. Dos veces en los últimos 6 años, según mis cuentas.

Me explica mi marido que, en los años 50, los vecinos recibieron una subvención y realizaron, ellos mismos, la instalación de la red de abastecimiento de agua potable en la aldea. Dice que la primera bomba de agua, era como las bombas de extracción de petróleo, en pequeño.

Entiendo que no les asuste una simple sequía. Aquí son todos como MacGyver.